La droga más poderosa, la que más cambia al ser humano, no es el alcohol, ni los otros estupefacientes que existen. La droga más poderosa es el poder. Hace meses, cuando la presente administración, empeñada en imponerle a la ciudadanía esa legislación monstruosa de la Salud Pública, el Sr. Obama, titular de ella, al ser interpelado sobre el rechazo del pueblo americano a la misma respondió airadamente: “Nosotros ganamos las elecciones.” Esta respuesta indicaba que el poder se le había ido a la cabeza al Sr. Obama.
Que el poder se le vaya a la cabeza a un rey, a un dictador o a un sátrapa es comprensible, ya que estos lo tienen todo en sus manos y se encuentran aislados del verdadero sentir del pueblo. Pero que le haya pasado al presidente de la democracia más abierta del mundo es increíble y al mismo tiempo preocupante.
Lo venimos escribiendo desde la campaña presidencial del 2008, y por ello hemos recibido críticas. Desde el día número uno hemos dicho que el Sr. Obama era como una pompa de jabón, vacío de contenido. También hemos dicho que es inepto, incapaz, dotado de un lado arrogante y que no tenía la más mínima idea de lo que es el espíritu americano que no se encuentra tan bien representado en las grandes urbes, sino en las pequeñas comunidades de tierra adentro. Las elecciones del martes pasado en Massachusetts confirman lo que hemos dicho. Su gestión presidencial solo se puede definir con las palabras de más arriba.
Así, endrogado por el poder, el presidente, a empujones, amenazando y sobornando a los legisladores que se oponían a la legislación de la salud, y desoyendo las voces que le indicaban que el llamado movimiento “tea party” era real, y que en él se hallaba el verdadero sentir del pueblo siguió adelante con sus planes. Todo era viento en popa… Y de pronto, si lo ponemos en términos beisboleros, cuando la oposición se encontraba boqueando, en la novena entrada, con dos outs y dos strikes, se apareció de la nada Mr. Brown y disparó su jonrón que ha cambiado por completo el panorama político de la nación.
Dicen que el arte imita a la vida. En este caso tenemos que la vida ha imitado al arte. El lector se recordará de aquella película de Jimmy Stewart llamada “Mr. Smith goes to Washington.” Ahora es
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